#Consigna | ¿Qué experiencia tuviste relacionada al misterio?

En junio comenzamos una consigna que extendimos a julio, con la llegada de nuestro quinto especial #ELMisterioEnNuncaSeSabe. El ganador se lleva un premio sorpresa y nosotros nos sorprendemos leyendo lo que ustedes nos cuentan. En esta chance tenemos PRIMER PREMIO y MENCIÓN ESPECIAL que, por cuestiones de tiempo, no pudimos leer el 30/7 al aire. Por eso aquí, esta nota para compartir y leer atemporalmente, cuando gusten. ¡Gracias a todos por participar!

NUNCA SE SABE, lunes de 18 a 19hs por Radio La Desterrada.


Primer premio:

Emanuel Rosso

“Si sos el diablo, dame fuego… Dale, si sos el diablo dame fuego” insistía el loco Peralta con un pucho en la mano.

La historia es de mis años de facultad, el protagonista es el ya mencionado Peralta, a quien rara vez volví a ver después de aquella noche, y quien jamás volvió a mencionar lo que ocurrió en esa esquina terrible de San Juan e Ituzaingó, aquella noche de invierno del 2003.

Empezamos con alcohol fuerte y barato, un vodka malo como si fuera alguna clase de extravagancia ajustada a nuestro presupuesto de estudiantes. Pasada la medianoche alguien destacó la forma circular de la mesa, y su conveniencia para el desarrollo de una torpe versión casera de la Ouija, con una copa y las letras del alfabeto dibujadas en papel.

Todos accedimos, por supuesto… ¿Qué podíamos perder?

No me explayaré en indicaciones innecesarias para la ejecución de la citada actividad, ya se sabe cómo funciona el asunto: todos apoyan un dedo en la base de la copa, que está puesta boca abajo sobre la mesa, etc.

La cuestión es que en un momento supuestamente se presenta el diablo, nada menos.

Y ahí es cuando el loco Peralta saca un pucho y dice: “Si sos el diablo, dame fuego”.

Silencio. Quietud.

“Dale, si sos el diablo dame fuego”, insiste.

Nada. Todos reímos y seguimos con el festín hasta altas horas de la madrugada.

Cómo a las cinco, salimos todos a la puerta, charlamos ahí un rato más, y el loco Peralta saluda y camina hacia la esquina de San Juan e Ituzaingó, como yendo a tomarse el colectivo. Se le cruza un tipo, intercambian unas palabras, y Peralta vuelve blanco de la esquina.

Lo que contaré a continuación es la versión del mismo Peralta, que si me preguntan a mí, será loco pero no dijo una sola mentira en su vida (o al menos nunca fue descubierto).

Según él, mantuvo el siguiente diálogo con el tipo que se le cruzó:

-¿Querés fuego?

-No, gracias.

-¡Entonces para qué pedís!

Mención especial:

Buzos, por Juanci Laborda

Con Momi nos conocimos en El Dante, un palacete del siglo XIX con treinta y tantas habitaciones, devenido en pensión de mala muerte, donde cada cuarto podía albergar hasta cuatro estudiantes.

Por las noches deambulábamos de habitación en habitación, buscando socializar, compartir unos mates, o con quien dividir a medias los gastos de la cena.

Así nos hicimos amigos.

La antigüedad y el mal estado del edificio despertaban todo tipo de fantasías, y pronto cada habitación tenía la historia de su propio fantasma. Los fines de semana era común que el Juego de la Copa se celebrase con docenas de participantes.

Por entonces Momi confesó que veía apariciones, buzos los llamaba ella. Se trataban de siluetas grises que se movían por los mismos espacios que nosotros, como si no estuviéramos. Según dijo empezó a verlos durante la pubertad. No estaba segura de qué se trataban, suponía que no eran fantasmas sino otro tipo de entes del mundo espiritual. Nadie la cuestionó, no queríamos ofenderla, pero sonaba a bolazo y era más divertido creer en almas en pena por los pasillos de la pensión.

Con A nos conocimos en un boliche. Nos caíamos mal, pero nos gustábamos y teníamos buen sexo. Al cabo de unos cuantos encuentros decidimos darle nombre a lo nuestro, nombre que aseguraba la exclusividad del otro. Los fines de semana salíamos a bailar y en las previas fue conociendo a mis amigos.

La primera vez que Momi la vio palideció. No noté su miedo hasta que varios minutos después advertí que no podía seguir el hilo de la conversación. Cuando pregunté qué le pasaba me llamó en privado.

—Hay una mujer detrás de A.

—¿Un buzo?

—No, una mujer. Una de unos treinta, está en pijama. No se despega de ella. Sabe que la veo y me hace señas.

—¿Y qué te dice?

—No sé, nunca había visto una aparición tan nítida. Tengo miedo. Esta noche no salgo. Por favor, cuando estés con A, no te arrimés a mi dormitorio. 

Y se fue. No intenté convencerla de que se quede.

Cuando A me visitaba y Momi la cruzaba en los pasillos, se aterraba; incluso una vez que estuvo muy cerca suyo llegó a orinarse.

—Maté a mi mamá —dijo A tiempo después mientras fumábamos en la cama.

—¿Cómo? —Su frase me espabiló. No sonaba a chiste.

—Que maté a mi mamá. En realidad hice todo para que muriera. Tenía 8 años.

—Con esa edad no podés matar a nadie. Mucho menos a tu vieja.

—Sí. Lo hice. Soy mala.

No contesté.

—Cuando tenía 5 mi mamá se enfermó de los nervios. El tema es que el tiempo pasaba y se ponía peor. Y no sé por qué no la recibían en el loquero. Como lastimaba a los demás, y también se lastimaba ella, pasó sus últimos meses esposada a la cama. Una tarde volví de la escuela. Mi papá estaba trabajando y la empleada había ido al súper. Sabía dónde  mi viejo guardaba el revólver, y dónde las llaves de las esposas. No lo hice para terminar con su sufrimiento, lo hice porque sí, porque ya desde chica era mala. Puse el arma sobre la mesa de luz y la solté. Miraba dibujitos cuando escuché el disparo.

Lo dijo fría, sin inmutarse. No encontré palabras para decirle. Aunque sabía que al confesar eso por primera vez se liberaba de una gran carga, no me nació abrazarla. Le fallé como novio.

Un mes más tarde alguien me dijo que la había visto a los besos con un policía. Cuando la consulté y no me lo negó, terminamos.

Esa misma tarde, mientras quemaba varias fotos que A me había regalado de sus distintas edades, Momi se acercó a darme un abrazo de consuelo, y señaló una diciendo que esa era la mujer que había visto. En la foto se la veía a A de pocos meses tomando la teta. 

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